Apiladores de viñetas

Comic_Book_Guy_&_Stan_Lee

Recientemente, en un conocido grupo de Facebook de aficionados a esto de los tebeos, hubo un amago de competición de “a ver quién la tenía más larga” en cuestión de colecciones de cómics. Multitud de pos-adolescentes comenzaron a subir fotos de sus nutridas estanterías al grito de “¡ya he llenado una Billy y voy a por la siguiente!” o “¡toda esta balda la he completado en solo un mes!”. A mí, que siempre me ha gustado husmear en colecciones ajenas y disfrutar de imágenes de estantes repletos de tomos y grapas (ejem), esta vez se me atragantó el bullicio de estos nuevos, y no tan nuevos, coleccionistas, que parecían apilar cómics como el que amontona sacos de patatas.

Cada vez más, me considero un lector mucho antes que un coleccionista. Esto no quiere decir que no goce completando colecciones cojas o reordenando por enésima vez los miles de volúmenes que ocupan cómodamente varias paredes, pero siempre con el objeto de leerlos y deleitarme con ellos como se merece. Porque leer un cómic (bueno o “malo pero divertido”, que diría aquel) es un acto al que debe dedicarse el tiempo necesario y el momento adecuado (que, según apetencias y filias, puede ser un mullido sillón junto a la ventana, el Metro de Madrid o la sombra de un árbol en algún parque). No me gusta la gente que lee los cómics por rutina u obligación, del estilo “sigo estas 30 colecciones y venga, a quitármelas de encima cuanto antes” (hay mucho más de este tipo de actitudes de las que imaginamos).

Pero me voy por las ramas… Como decía, soy lector antes que acumulador, y por ello, cada vez intento seleccionar más lo que compro y, sobre todo, lo que conservo. Esto no es tan fácil, debido a que, al gustarme todo tipo de estilos y géneros, ha habido momentos en mi vida en que he comprado compulsivamente, solo por el mero hecho de probarlo todo, de no dejarme nada fuera. Sin embargo, el tiempo es la mejor criba para darse cuenta de que, en aquellos momentos, yo también fui uno de esos coleccionistas que, al volcarse tanto en su afición, pierden la perspectiva.

Por eso, aunque me sigue encantando ver colecciones ajenas, solo lo disfruto cuando el dueño puede hablarnos de cada tomo como algo único, como algo que significa algo para él y que forma parte de su vida como su mascota o su oreja derecha. Muy al contrario, me producen rechazo esos devotos del acopio que muestran orgullosos como atiborran estante tras estante de tomos que, o no han leído, o lo han hecho como el que lee el panfleto que regalan gratis en la boca de Metro, sin emoción ni entusiasmo, sin ilusión. Preocupados más por el objeto que por el contenido.

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