Live!

Últimamente ir a un concierto se está convirtiendo en un auténtico suplicio. Por si no bastaba con los capullos que se dedican a hablar sin descanso de sus interesantes vidas como diseñadores gráficos, las niñatas que se abren hueco a empujones porque tienen que ver a sus ídolos o los indies de postal cuyo objetivo de la noche es que todos veamos sus nuevos modelitos, a todos ellos, se suman los gafapastas treintañeros con complejo de adolescentes infra-mentales que se saben todas y cada una de las letras de las canciones y se ven obligados a compartir su nefasta capacidad vocal con todos los asistentes cantando a grito pelado durante todo el concierto.

Admitámoslo, el público de los conciertos apesta, y no hablo solo del olor corporal (que también). Esa masa informe de cabezas que abarrota espacios de sonido infame, sucios festivales o discotecas pijas reconvertidas en salas de concierto es un triste recordatorio de lo que realmente somos: manadas de impersonators rendidos y babeantes ante unos ídolos que con dos chistes malos y cuatro acordes de manual se ganan la gloria y los aplausos enfervorecidos.

Conclusión: seguiré yendo a conciertos, sí, pero en sitios cómodos, pequeños… Y sin seres humanos alrededor.

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