Sanmao. Desde China con dolor.

Afortunadamente, mi hermano me conoce muy bien. Por ello, sabía que nada me podía hacer más ilusión como recuerdo de su reciente viaje a China que un cómic originario de ese desconocido, sobre todo en lo cultural, país. Dicho obsequio no es, ni más ni menos, que un volumen del personaje de tebeo más popular allí: Sanmao. Un tomo negro, sobrio y triste en su diseño que nada hace prever que se trate de un cómic para niños cuyo contenido, por lo deprimente de las desventuras de su andrajoso protagonista, lo hace también apto y disfrutable para adultos.

Al buscar información en internet para escribir sobre la historia de esta publicación, no he encontrado demasiado, a excepción de un profuso artículo de la maravillosa (aunque ya desactualizada) web asiaobscura.com. Así que, dado que todos los datos y detalles iba a sacarlos de dicho texto, he pensado que lo mejor es traducir libremente algunos extractos, comentando entre ellos lo que me parezca oportuno (no es una de esas horribles traducciones de Google Translator, ojo). Al final de este post podéis encontrar el enlace directo al artículo en inglés, cuyo autor es Dean Pickles. Vamos allá.

Tan propenso a las travesuras como Bart Simpson, tan honesto como Richie Rich y tan oscuro como Charlie Brown. Más oscuro aún. Pese a que los comics de Sanmao son tanto para niños como para adultos, sus páginas están llenas de muerte, sangre y miseria. Sanmao es un cómic realmente extraño.

Doy fe de ello. Las historietas que comprenden el tomo que tengo en mis manos son crueles y en ellas nuestro esquelético Sanmao es pateado, atropellado y golpeado con un látigo en varias ocasiones.

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Creado en 1935 por Zhang Leping, un hombre infeliz que pasó su infancia en hogares sociales, veía pasar cada día ante sus ojos a esos pilluelos hambrientos y moribundos que venían de vivir en la calle. También era un nacionalista muy orgulloso de su país, y frustrado por las interminables viñetas de Mickey Mouse y el Pato Donald que poblaban las páginas de los periódicos de Shanghai. Por ello, creó un personaje sin hogar, objeto de los más feroces chistes y palizas. Ese niño se llamaba Sanmao – 三毛 -, por los tres pelos de su cabeza.

Un poco como los personajes de la Bruguera de posguerra (Rompetechos es el más obvio), pero con mayor dureza y sin pizca de compasión.

En su primer libro, Sanmao se une al ejército en la batalla contra la invasión japonesa. Las balas vuelan y las granadas explotan, llenando las páginas de sangre y cadáveres, y contando además con la presencia de un japonés con un pequeño bigote hitleriano y tez enfermiza.

La vida del autor era tan oscura como sus viñetas. Sufrió un bloqueo creativo del que escaparía bebiendo sin medida, hasta el punto de toser sangre debido al exceso de alcohol. Su vida fue miserable, hasta que fue abandonado por su esposa y toda su familia, muriendo solo a principios de la década de los 90.

Sabiendo esto, se entiende la negrura del humor que caracteriza al personaje. Parece que Zhang volcó toda su rabia y desesperación en hacer sufrir al pequeño Sanmao.

San Mao Selling Kids

Sin embargo, su pequeña creación llegó al corazón de todo el país. Hay cinco películas de Sanmao, una serie de animación tradicional, otra de animación con plastilina y una ingente cantidad de libros publicados. Así como naipes con dibujos de Sanmao, un hotel con su nombre y varias estatuas a lo largo y ancho del país.

Atención al vídeo de la película que enlaza el artículo original y que incluyo también aquí abajo, da buena muestra de lo deprimente del personaje. Dicha película, basada en el segundo libro de Sanmao, suponía una evidente crítica al Partido Nacionalista KMT (Kuomintang), a la vez que un ensalzamiento del comunismo. Ello llevó a Sanmao a convertirse, con el tiempo, en un símbolo nacional del pensamiento comunista y el maoísmo. De hecho, 82 años después de su creación, Sanmao sigue protagonizando películas y siendo la estrella del cómic más vendido en China.

 

Podéis encontrar el artículo original en que se ha basado este texto aquí.

 

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Apiladores de viñetas

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Recientemente, en un conocido grupo de Facebook de aficionados a esto de los tebeos, hubo un amago de competición de “a ver quién la tenía más larga” en cuestión de colecciones de cómics. Multitud de pos-adolescentes comenzaron a subir fotos de sus nutridas estanterías al grito de “¡ya he llenado una Billy y voy a por la siguiente!” o “¡toda esta balda la he completado en solo un mes!”. A mí, que siempre me ha gustado husmear en colecciones ajenas y disfrutar de imágenes de estantes repletos de tomos y grapas (ejem), esta vez se me atragantó el bullicio de estos nuevos, y no tan nuevos, coleccionistas, que parecían apilar cómics como el que amontona sacos de patatas.

Cada vez más, me considero un lector mucho antes que un coleccionista. Esto no quiere decir que no goce completando colecciones cojas o reordenando por enésima vez los miles de volúmenes que ocupan cómodamente varias paredes, pero siempre con el objeto de leerlos y deleitarme con ellos como se merece. Porque leer un cómic (bueno o “malo pero divertido”, que diría aquel) es un acto al que debe dedicarse el tiempo necesario y el momento adecuado (que, según apetencias y filias, puede ser un mullido sillón junto a la ventana, el Metro de Madrid o la sombra de un árbol en algún parque). No me gusta la gente que lee los cómics por rutina u obligación, del estilo “sigo estas 30 colecciones y venga, a quitármelas de encima cuanto antes” (hay mucho más de este tipo de actitudes de las que imaginamos).

Pero me voy por las ramas… Como decía, soy lector antes que acumulador, y por ello, cada vez intento seleccionar más lo que compro y, sobre todo, lo que conservo. Esto no es tan fácil, debido a que, al gustarme todo tipo de estilos y géneros, ha habido momentos en mi vida en que he comprado compulsivamente, solo por el mero hecho de probarlo todo, de no dejarme nada fuera. Sin embargo, el tiempo es la mejor criba para darse cuenta de que, en aquellos momentos, yo también fui uno de esos coleccionistas que, al volcarse tanto en su afición, pierden la perspectiva.

Por eso, aunque me sigue encantando ver colecciones ajenas, solo lo disfruto cuando el dueño puede hablarnos de cada tomo como algo único, como algo que significa algo para él y que forma parte de su vida como su mascota o su oreja derecha. Muy al contrario, me producen rechazo esos devotos del acopio que muestran orgullosos como atiborran estante tras estante de tomos que, o no han leído, o lo han hecho como el que lee el panfleto que regalan gratis en la boca de Metro, sin emoción ni entusiasmo, sin ilusión. Preocupados más por el objeto que por el contenido.

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Misantropía dura y La deuda

Últimamente, solo hay dos formas de quitarme la (estúpida) pereza que me da mantener este blog con vida (en un estado casi vegetal): una, cuando mi amigo Víctor, uno de los creadores del imprescindible Aquí Vale Todo, me anima y espolea a seguir publicando mis tonterías. Y otra, cuando veo nuevos blogs nacer o renacer, como es el caso del reciente Letras de Serie B, de Pablo García Naranjo (cuyo Blog de Ternin seguí durante muchos años). Precisamente, verle montarse un nuevo chiringuito me ha empujado a publicar este texto.

Y de qué voy a hablar si no es de algo que ocupa tantas horas en mi vida, eso que tanto me apasiona y que se cuela en mi cabeza continuamente cada día desde que tengo uso de razón: sí, voy a hablar de un par de cómics.

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En este caso concreto, de dos de reciente adquisición que me han acompañado esta semana. Por un lado, Misantropía dura, de Bará. Un breve tomito primorosamente editado por Bang Ediciones con el que me he reído y en el que, como era inevitable, me he sentido reflejado en muchos momentos. Esa fobia social que caracteriza al misántropo, esa mezcla de timidez y extrañeza ante las convenciones sociales, quedan muy bien retratadas en las breves situaciones a las que asistimos (resueltas en una o dos páginas en su mayoría). Con un dibujo que recuerda a los ya clásicos contemporáneos del cómic alternativo americano (especialmente Charles Burns), encontramos grandes momentos como “Rapidez mental”, “La imposibilidad física de la idea de ligue en la mente de un tímido” o “Poco hablador”, que en una sola página resumen el torbellino mental que sufre un misántropo. Es cierto que en algunas ocasiones los diálogos parecen algo forzados, poco naturales, pero la impresión es muy positiva en cualquier caso.

La deuda

Igual que lo es la de La deuda, de Martín Romero, que si no fuera por el nombre podría haber nacido en Canadá y hacer migas con Seth o Rabagliati. Eso en cuanto al estilo de dibujo, porque lo que nos cuenta en esta obra, editada por la incansable La Cúpula, es mucho menos amable de lo que esperamos de los mencionados autores canadienses. Una historia triste, desesperada, con momentos de ensoñación, y con una gran representación del FRACASO con mayúsculas. Un placer dejarse llevar por sus páginas, por su excelente narrativa que, con muy pocas palabras, conmueve y atrapa. Así da gusto.

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Otoño en la Valcueva

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Debo de ser un blandengue, lo sé, pero reconozco que la línea que más disfruto de ese sello videográfico que tantas alegrías nos da, Vial of Delicatessens, es, junto a su vertiente más humorística, la marcada por los “Docu-cortos” de Naxo Fiol o el ejemplo del que quiero hablar hoy, “Otoño en la Valcueva”, de Víctor Olid.

Ya desde el primer momento, el fuego de una hogareña chimenea nos adelanta que lo que vamos a ver es algo familiar, incluso íntimo, me atrevería a decir, pero tratado con elegancia y un cariño, con honradez autoral, sin artificios. Tan solo la música (excelente) acompaña a unas escenas llenas de naturalidad, que se suceden con toda la calma que otorga el paisaje en el que se desarrollan. El amor por el detalle que muestra Olid, fijando su mirada en viejas telarañas, flores (y capullos incipientes a punto de florecer), o toscos pestillos de puertas, es parte de esa armonía que nos mece y que resulta absolutamente hipnótica.

Tampoco faltan las conversaciones en familia, las de verdad, las que surgen cuando uno se encuentra en su entorno sin más preocupación que escuchar a los que aprecia y pasar tiempo con ellos. Un privilegio poder asistir a esos trayectos en coche en los que, mientras los árboles y los peñascos pasan raudos por las ventanillas, escuchamos esos diálogos que a todos nos resultan familiares.

Y no resultan menos protagonistas dos de los más adorables personajes de esta historia, Maca y Palito, dos intrépidos perros cuyas grandes aventuras se turnan entre sus exploraciones del terreno rural y la interacción con sus dueños (la larga escena de Aída jugando con ellos sentada en un escalón de piedra es algo increíble, por la valentía de no cortar y por lo bonito del momento). La admiración por el mundo animal se ve reforzada por las gallinas, las ocas y demás fauna que campa a sus anchas por muchas de las escenas.

Puede que el haber pasado gran parte de mis vacaciones de infancia en un pueblo cántabro no tan diferente de Palazuelo de la Valcueva haya influido en lo mucho que he disfrutado este video-diario, pero fuera de apreciaciones personales, supone un género poco explorado en nuestro país, más aún de la forma, honesta y sin pedanterías, en que Víctor Olid lo hace. Solo por eso, resulta imprescindible.

Disponible en Vial of Delicatessens

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Dolce Pensare Niente

 

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Me da mucha pena que la cuarta sea la última entrega de Dolce Pensare Niente, la saga autoeditada y autobiográfica con la que nos ha deleitado Javi Guerrero los últimos dos años y que de forma modesta y sutil me ha creado tanto adicción, como cariño por su protagonista. Es inevitable que, por la falta de pudor y el exhibicionismo emocional, nos venga a la cabeza Joe Matt, pero el humor crudo y más directo de Javi Guerrero, así como el personalísimo estilo de dibujo y la narrativa salvaje, lo distinguen por completo de cualquier posible influencia.

En Dolce Pensare Niente no hay viñetas que organicen o separen la acción, los dibujos (expresivos a más no poder) y los extensos textos se entrecuzan, los diálogos dan lugar a textos de apoyo y viceversa, y los personajes cambian de entorno con cuatro líneas maestras a un ritmo frenético. Y a pesar de ese aparente caos, la lectura fluye de forma absolutamente natural, como solo un gran narrador sabe hacer, como hacía Eisner, ni más ni menos.

DPN2Todo ello para contarnos una colección de anécdotas que alternan lo dramático (aunque hasta lo más grave es tomado con humor) y lo esperpéntico, mostrando una envidiable habilidad para dialogarlas y enriquecerlas, y logrando arrancar carcajadas cada pocas páginas. A ello ayuda no solo la expresividad del dibujo, sino los propios personajes, con los que nos identificamos en su carrusel de situaciones patéticas, de ésas que todos intentamos ocultar, pero que Javi Guerrero muestra en todo su esplendor y nos restriega por la cara cual pedazo de papel higiénico usado. Una maravilla de principio a fin.

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Matanza Sangrienta II y Shof

Nunca es tarde si la… ¡Pues eso! Esto viene a que recientemente he descubierto estos dos delirantes libritos (más humor gráfico que cómic, aunque muchas veces ambos van muy unidos), así como la exquisita editorial que los acoge: Libros de Autoengaño. Y qué mejor motivo para insuflar vida a este blog moribundo que glosar sus virtudes.

 
A un lado del ring tenemos Matanza Sangrienta II, escrito y dibujado por Muerte Horrible. Esta colección de chistes extremos, que no puedo evitar emparentar con CubiertaMatanzadeluxe-600x600el humor de Miguel Noguera, nos llevan de la mano por una exposición de personajes tan cercanos al absurdo como a la pura y gloriosa tontería. Violencia gráfica, tinta rosa que te deja ciego, y una ocurrencia tras otra que, leídas con moderación y con alguna pausa de vez en cuando, logran golpearnos en el cerebro y en la mandíbula. Y qué decir de la primorosa edición Deluxe, hay que verla en vivo para apreciarla.

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Y en el mismo lado del cuadrilátero, la pareja perfecta: Shof, de Morbix. Más sosegado y con unos colores pastel que invitan a relajar la vista, pero con la misma mala hostia y shofaún más ganas de reírse de esos seres patéticos, tristes y aletargados que vemos cada día cuando nos miramos al espejo. También abundan los chistes protagonizados por celebridades, siempre exhibiendo comportamientos tan irracionales como risibles. Humor idiota del que me gusta.

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En fin, para hacerse con ellos (y con todo el catálogo ya de paso; mejor gastarse en eso los ahorros que en cervezas aguadas y patatas fritas rancias en terracitas veraniegas), solo hay que visitar Libros de Autoengaño.

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William Chesnut & Ribapolla 2XL

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Casi sin tiempo para digerir lo que supuso la primera colaboración comiquera entre Patrick Grau y Víctor Olid, esta bien avenida pareja contraataca con una nueva entrega de las aventuras de William Chesnut & Ribapolla y, como diría Lobezno, vuelven a demostrar que son los mejores en lo que hacen.

No era para nada sencillo retomar esta saga. El nivel de locura y absurdo que alcanzaba el primer volumen pudo hacernos pensar que los autores habían derramado hasta la última gota de su fértil simiente, dejándolos vacíos de ideas y agotando una fórmula de corto recorrido, la de la escalada sin fin de barrabasadas. Pero para nada es así. De hecho, la primera historieta “Solucionando la manutención” hubiera encajado perfectamente en el primer volumen, a pesar de servir de presentación de un personaje que se convertirá en habitual: Luis Javier, director de cine, poeta y latin lover, vamos, lo que todos quisiéramos ser y nunca lograremos. Sin embargo, es a partir de ahí cuando ese guionista sin miedo que es Olid y ese dibujante extraordinario que es Grau, comienzan a jugar con nuestras expectativas, y es también a partir de esa segunda historia cuando me vuelven a atrapar y me empiezo a divertir tanto como lo hice con el primer contacto con los personajes.

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Entre otras muchas cosas, vemos como algunos toques melodrámaticos, totalmente inesperados, se entremezclan con los chistes extremos marca de la casa; asistimos al primer viaje al extranjero de los protagonistas (sacándolos de su “zona de confort”, como diría algún directivo gilipollas tras leerse dos o tres libros de autoayuda para empresarios de éxito); nos regalan el crossover más demencial que leeréis en vuestra vida: el Universo Marvel Vs. el Universo Vial of Delicatessens Vs. el Universo King Features Syndicate Vs. La Biblia (¡supera eso, DC Comics!); volvemos a Balaguer para conocer a sus vecinos más sórdidos (entre los que se encuentra Tom Cruise y un “hoyo de pis”, ejem); viajamos al espacio profundo, donde… ¡Alto! ¡Paren las máquinas! Aquí quería yo llegar. Y es que en estas dos últimas historias, Grau y Olid se ponen el traje del mejor John Byrne, el de su Hulka, y comienzan a romper la cuarta pared a martillazos, obsequiándonos con algunos william-chesnut-y-ribapolla-3de los momentos más desternillantes del tomo. Tanto en “Deep Space” como en “Meets La Mafia”, vemos a los autores interaccionar con los personajes dando lugar a brutales situaciones y peripecias. Y, ojo, no olvidemos una última historieta de regalo donde Mr. Pajarillo se convierte en guionista invitado, que no solo no desentona, sino que nos muestra la cara más risible de los festivales de cine de terror.

Todo esto con un ritmo alucinante, una habilidad natural para la creación de gags (resueltos en su mayoría con gran fortuna), una calidad y expresividad en el dibujo que no deja de sorprenderme (insisto, lo de Patrick Grau es de otra galaxia), y muchísimos cameos que, lejos de ser guiños sin importancia, aportan y mucho a ese universo de referencias y comicidad sin límites que es la mente de Víctor Olid. Gracias por el espectáculo, señores.

Ya sabéis dónde acudir: Vial of Delicatessens

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