Coleccionables

donaldHay una corriente de pensamiento (¡una corriente de pensamiento, ojo, una escuela, un teorema!)… Bueno, empecemos otra vez. Hay un podcast muy popular que, día sí y día también, se dedica a despreciar los coleccionables de cómics que, afortunadamente, vuelven a estar muy presentes en nuestros quioscos (los que quedan) y librerías. El argumento es que los coleccionables no son para los verdaderos creyentes, los auténticos comiqueros, que deberían adquirir y devorar las colecciones completas de cada personaje, respetando la continuidad y no dejándose ni una grapa fuera. Picotear es de cobardes.

No sé si será por desconocimiento o por una especie de fanatismo ridículo que quiere trazar una gruesa frontera entre el aficionado de verdad y el casual, pero actualmente se están publicando algunos coleccionables de indudable calidad y con unos contenidos y unos extras que ya quisiéramos encontrar en las publicaciones habituales. Repasemos algunos de ellos.

Salvat, genuino buque insignia de este tipo de colecciones, está publicando ahora mismo cinco coleccionables, nada menos (más otros tres que han finalizado recientemente: Astérix, Capitán Trueno y Mortadelo y Filemón):

  • La Gran Dinastía del Pato Donald. No se puede empezar mejor. Esta colección, importada de Italia, se propone publicar todas las historietas de Donald del insuperable y prolífico Carl Barks. Tomos en tapa dura de un tamaño ideal, con artículos introductorios, ilustraciones poco conocidas y textos con toda la información sobre los años de publicación y detalles sobre el proceso creativo de cada una de las historias incluidas. Una gozada.
  • Colección Integral Francisco Ibáñez. Otra obra en la que se nota mucho cariño y mimo para tratarse de un producto popular de quiosco, no en vano, está coordinada por Antoni Guiral (la mejor elección posible). En estos tomos de sobria encuadernación holandesa se pretende incluir un 80% de la inmensa producción de Ibáñez (ojalá tenga éxito y lo alarguen hasta completar el 100%). Al igual que en el caso anterior, todos ellos incluyen extras e interesantes artículos. Tan solo se le puede reprochar el tamaño algo reducido de los tomos, que en cualquier caso, no dificulta la lectura ni supone una diferencia tan abismal respecto a los Súper Humor.ibañez
  • Colección Novelas Gráficas DC Comics. Supongo que en este tipo de coleccionable es donde se rasga alguno las vestiduras, al tratarse de una selección algo aleatoria y discutible, como todo. Sin embargo, quitando algunas entregas (como las de Los Nuevos Titanes o Wonder Woman), la mayoría son autoconclusivas o perfectamente legibles de forma aislada. Gracias a esta colección hemos podido disfrutar a un precio asequible de, por ejemplo, el reclamado Plastic Man de Kyle Baker, de clásicos como La Muerte de Superman o del Green Arrow de Kevin Smith, entre muchos otros.
  • Batman y Superman. Quizá el coleccionable más flojo de Salvat, en el que predomina la morralla (consecuencia de coincidir con el otro coleccionable de DC y no poder repetir contenidos) y solo se salvan una de cada dos o tres obras publicadas. Prescindible.
  • Spiderman. La colección definitiva. También muy criticado. Se dice que Spiderman no se puede leer de forma aislada, que su continuidad obliga a seguirlo mes a mes y no tiene sentido saltarse etapas. Es posible que sea así, pero yo he seguido Spiderman siempre de forma intermitente y no he perdido la cordura por ello. De verdad, no es necesario leerse todo obsesivamente para ser más aficionado al cómic que el tipo de al lado.

Planeta DeAgostini / Altaya, con mucho menos volumen que hace algunos años, tambiénblueberry sigue publicando algún que otro coleccionable. En este momento, dos populares westerns ocupan su catálogo: la Colección Lucky Luke, ya próxima a su final, y el más reciente Blueberry, otro imprescindible que no sigo porque me he decantado por los integrales de Norma. Ambas colecciones, en cualquier caso, suponen un exhaustivo afán completista, ya que incluirán no solo ambas series completas, sino también todas sus colecciones derivadas.

Una suerte, por tanto, que los coleccionables sigan funcionando tan bien y sigan siendo, tanto esa puerta de entrada para nuevos lectores, como una excelente opción para los más veteranos.

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Digestión de Marrones en la Empresa

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Seguimos con cómics de humor y con autores a los que tenía algo perdida la pista. En este caso me refiero a Ricardo Peregrina, creador de dos de los personajes que más me han hecho reír en mi vida comiquera: Hermi y Max. Dos trasuntos de Epi y Blas, cuando aún no se llevaba la nostalgia ochentera (comenzaron a publicarse en 1995), que mostraban un maravilloso humor salvaje y cruel. No menos divertido resultaba Norbertito y su mamá, creación posterior para la revista Mala Impresión, que arrancaba la carcajada a costa del infinito patetismo de su protagonista. De ahí a Días de cómic en otra revista mensual, Dolmen, y ahí me quedé, ignorando que siguió trabajando en publicaciones como ¡Dibus!, Mister K, Amaníaco o El Jueves.

Precisamente en El Jueves serializó su historieta Horario de Oficina, recopilada ahora por la editorial Bestia Negra en un solo tomo bajo el nombre de Digestión de Marrones en la Empresa.

De nuevo, Peregrina demuestra su innata habilidad para el gag, dando verdaderas pag29-topico-del-sexolecciones de cómo administrar los tiempos y sacarle todo el potencial cómico a sus personajes, dotando además a la historia de una cierta continuidad que nos hace querer (u odiar aún más) a estos oficinistas de pacotilla. ¡Y qué bien retrata el autor el ambiente de una oficina y sus mugrientos integrantes! Todo el que haya trabajado en ese entorno (me cuento entre ellos) no solo lo reconocerá de inmediato en estas viñetas e identificará a muchos de sus compañeros en ellas, sino que se odiará a sí mismo por tener que consumir 8 o más horas de cada uno de sus días en esos opresivos edificios inteligentes. Porque, lo mejor de todo, es que Peregrina no tiene piedad ni busca moralejas con sus protagonistas, sino que muestra sin tapujos todo el egoísmo e hijoputismo que caracteriza sin remedio a la empresa media española y sus empleados.

En definitiva, espléndidos chistes de una página acompañados del portentoso dibujo que, conociendo al autor, no nos pilla por sorpresa, pero que nunca está de más alabar (dibujar con tanta expresividad y narrar de forma tan ágil no está al alcance de tantos). No debería perdérselo nadie.

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#Una Novela Gráfica

#una novela grafica frontal

Corría el año 2002 (siempre había querido empezar un texto como el orondo ultracatólico ex de la Cope cuyo nombre prefiero obviar), cuando cayó en mis manos un curioso tebeo apaisado llamado Con amigos como éstos. Leí esas escasas 30 páginas con fruición y durante los siguientes años lo releí una y otra vez sin perder ni un ápice de disfrute en cada revisión. Esas viñetas eran obra de dos Manueles, un Castaño y un Bartual. Al segundo siempre le tuve en el radar (pese a que sus trabajos para El Jueves nunca me entusiasmaron), pero al primero, cuyo dibujo me cautivó, se lo tragó la tierra y no supe nada de él durante mucho tiempo.

Fue hace algunos meses cuando un amigo común (el insigne editor del cómic que nos ocupa), me comentó que Manuel estaba por fin preparando algo nuevo. Con calma, eso sí, y con la paciencia y detallismo que caracteriza a los buenos autores de tebeos, pero pronto lo tendríamos a nuestro alcance.

3 (1)Y el momento llegó: #Una Novela Gráfica ya luce orgulloso en mis estanterías. Más de 200 páginas de un Manuel Castaño desatado, honesto, confidente y muy divertido, sobre todo, muy divertido.

Partiendo de la consabida depilación genital masculina, cuyos beneficios para la vida en general son demostrados científicamente a lo largo de sus páginas, asistimos al sincero relato de las inseguridades de un autor de tebeos, que lejos de ser consciente de su destreza, contiene su creatividad cediendo paso a sus miedos (ese ilustre Pepe, el espíritu crítico y autodestructivo del protagonista). Y en medio, mucho sexo inconfesable (sí, Terelu), obsesiones, invasiones extraterrestres, futuros apocalípticos, musas inútiles y decenas de otros elementos que dan muestra de la libertad y el popurrí de géneros que desprende todo el tebeo.

Mención aparte merece el dibujo, repleto de expresividad y energía, con regusto brugueril, pero, sobre todo, con un trazo grueso y personal que lo hace inconfundible. La narración también resulta curiosa, utilizando con frecuencia las viñetas de una sola página (o dos grandes viñetas por página), heredera, supongo, del origen electrónico de muchas de ellas.

Gran noticia, en definitiva, el retorno de Castaño al papel y su apuesta por el cómic de humor sin complejos. Esperemos que el próximo no se haga esperar tanto. Edita, con la calidad habitual, Vial of Delicatessens.

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Sanmao. Desde China con dolor.

Afortunadamente, mi hermano me conoce muy bien. Por ello, sabía que nada me podía hacer más ilusión como recuerdo de su reciente viaje a China que un cómic originario de ese desconocido, sobre todo en lo cultural, país. Dicho obsequio no es, ni más ni menos, que un volumen del personaje de tebeo más popular allí: Sanmao. Un tomo negro, sobrio y triste en su diseño que nada hace prever que se trate de un cómic para niños cuyo contenido, por lo deprimente de las desventuras de su andrajoso protagonista, lo hace también apto y disfrutable para adultos.

Al buscar información en internet para escribir sobre la historia de esta publicación, no he encontrado demasiado, a excepción de un profuso artículo de la maravillosa (aunque ya desactualizada) web asiaobscura.com. Así que, dado que todos los datos y detalles iba a sacarlos de dicho texto, he pensado que lo mejor es traducir libremente algunos extractos, comentando entre ellos lo que me parezca oportuno (no es una de esas horribles traducciones de Google Translator, ojo). Al final de este post podéis encontrar el enlace directo al artículo en inglés, cuyo autor es Dean Pickles. Vamos allá.

Tan propenso a las travesuras como Bart Simpson, tan honesto como Richie Rich y tan oscuro como Charlie Brown. Más oscuro aún. Pese a que los comics de Sanmao son tanto para niños como para adultos, sus páginas están llenas de muerte, sangre y miseria. Sanmao es un cómic realmente extraño.

Doy fe de ello. Las historietas que comprenden el tomo que tengo en mis manos son crueles y en ellas nuestro esquelético Sanmao es pateado, atropellado y golpeado con un látigo en varias ocasiones.

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Creado en 1935 por Zhang Leping, un hombre infeliz que pasó su infancia en hogares sociales, veía pasar cada día ante sus ojos a esos pilluelos hambrientos y moribundos que venían de vivir en la calle. También era un nacionalista muy orgulloso de su país, y frustrado por las interminables viñetas de Mickey Mouse y el Pato Donald que poblaban las páginas de los periódicos de Shanghai. Por ello, creó un personaje sin hogar, objeto de los más feroces chistes y palizas. Ese niño se llamaba Sanmao – 三毛 -, por los tres pelos de su cabeza.

Un poco como los personajes de la Bruguera de posguerra (Rompetechos es el más obvio), pero con mayor dureza y sin pizca de compasión.

En su primer libro, Sanmao se une al ejército en la batalla contra la invasión japonesa. Las balas vuelan y las granadas explotan, llenando las páginas de sangre y cadáveres, y contando además con la presencia de un japonés con un pequeño bigote hitleriano y tez enfermiza.

La vida del autor era tan oscura como sus viñetas. Sufrió un bloqueo creativo del que escaparía bebiendo sin medida, hasta el punto de toser sangre debido al exceso de alcohol. Su vida fue miserable, hasta que fue abandonado por su esposa y toda su familia, muriendo solo a principios de la década de los 90.

Sabiendo esto, se entiende la negrura del humor que caracteriza al personaje. Parece que Zhang volcó toda su rabia y desesperación en hacer sufrir al pequeño Sanmao.

San Mao Selling Kids

Sin embargo, su pequeña creación llegó al corazón de todo el país. Hay cinco películas de Sanmao, una serie de animación tradicional, otra de animación con plastilina y una ingente cantidad de libros publicados. Así como naipes con dibujos de Sanmao, un hotel con su nombre y varias estatuas a lo largo y ancho del país.

Atención al vídeo de la película que enlaza el artículo original y que incluyo también aquí abajo, da buena muestra de lo deprimente del personaje. Dicha película, basada en el segundo libro de Sanmao, suponía una evidente crítica al Partido Nacionalista KMT (Kuomintang), a la vez que un ensalzamiento del comunismo. Ello llevó a Sanmao a convertirse, con el tiempo, en un símbolo nacional del pensamiento comunista y el maoísmo. De hecho, 82 años después de su creación, Sanmao sigue protagonizando películas y siendo la estrella del cómic más vendido en China.

 

Podéis encontrar el artículo original en que se ha basado este texto aquí.

 

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Apiladores de viñetas

Comic_Book_Guy_&_Stan_Lee

Recientemente, en un conocido grupo de Facebook de aficionados a esto de los tebeos, hubo un amago de competición de “a ver quién la tenía más larga” en cuestión de colecciones de cómics. Multitud de pos-adolescentes comenzaron a subir fotos de sus nutridas estanterías al grito de “¡ya he llenado una Billy y voy a por la siguiente!” o “¡toda esta balda la he completado en solo un mes!”. A mí, que siempre me ha gustado husmear en colecciones ajenas y disfrutar de imágenes de estantes repletos de tomos y grapas (ejem), esta vez se me atragantó el bullicio de estos nuevos, y no tan nuevos, coleccionistas, que parecían apilar cómics como el que amontona sacos de patatas.

Cada vez más, me considero un lector mucho antes que un coleccionista. Esto no quiere decir que no goce completando colecciones cojas o reordenando por enésima vez los miles de volúmenes que ocupan cómodamente varias paredes, pero siempre con el objeto de leerlos y deleitarme con ellos como se merece. Porque leer un cómic (bueno o “malo pero divertido”, que diría aquel) es un acto al que debe dedicarse el tiempo necesario y el momento adecuado (que, según apetencias y filias, puede ser un mullido sillón junto a la ventana, el Metro de Madrid o la sombra de un árbol en algún parque). No me gusta la gente que lee los cómics por rutina u obligación, del estilo “sigo estas 30 colecciones y venga, a quitármelas de encima cuanto antes” (hay mucho más de este tipo de actitudes de las que imaginamos).

Pero me voy por las ramas… Como decía, soy lector antes que acumulador, y por ello, cada vez intento seleccionar más lo que compro y, sobre todo, lo que conservo. Esto no es tan fácil, debido a que, al gustarme todo tipo de estilos y géneros, ha habido momentos en mi vida en que he comprado compulsivamente, solo por el mero hecho de probarlo todo, de no dejarme nada fuera. Sin embargo, el tiempo es la mejor criba para darse cuenta de que, en aquellos momentos, yo también fui uno de esos coleccionistas que, al volcarse tanto en su afición, pierden la perspectiva.

Por eso, aunque me sigue encantando ver colecciones ajenas, solo lo disfruto cuando el dueño puede hablarnos de cada tomo como algo único, como algo que significa algo para él y que forma parte de su vida como su mascota o su oreja derecha. Muy al contrario, me producen rechazo esos devotos del acopio que muestran orgullosos como atiborran estante tras estante de tomos que, o no han leído, o lo han hecho como el que lee el panfleto que regalan gratis en la boca de Metro, sin emoción ni entusiasmo, sin ilusión. Preocupados más por el objeto que por el contenido.

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Misantropía dura y La deuda

Últimamente, solo hay dos formas de quitarme la (estúpida) pereza que me da mantener este blog con vida (en un estado casi vegetal): una, cuando mi amigo Víctor, uno de los creadores del imprescindible Aquí Vale Todo, me anima y espolea a seguir publicando mis tonterías. Y otra, cuando veo nuevos blogs nacer o renacer, como es el caso del reciente Letras de Serie B, de Pablo García Naranjo (cuyo Blog de Ternin seguí durante muchos años). Precisamente, verle montarse un nuevo chiringuito me ha empujado a publicar este texto.

Y de qué voy a hablar si no es de algo que ocupa tantas horas en mi vida, eso que tanto me apasiona y que se cuela en mi cabeza continuamente cada día desde que tengo uso de razón: sí, voy a hablar de un par de cómics.

misantropia1

En este caso concreto, de dos de reciente adquisición que me han acompañado esta semana. Por un lado, Misantropía dura, de Bará. Un breve tomito primorosamente editado por Bang Ediciones con el que me he reído y en el que, como era inevitable, me he sentido reflejado en muchos momentos. Esa fobia social que caracteriza al misántropo, esa mezcla de timidez y extrañeza ante las convenciones sociales, quedan muy bien retratadas en las breves situaciones a las que asistimos (resueltas en una o dos páginas en su mayoría). Con un dibujo que recuerda a los ya clásicos contemporáneos del cómic alternativo americano (especialmente Charles Burns), encontramos grandes momentos como “Rapidez mental”, “La imposibilidad física de la idea de ligue en la mente de un tímido” o “Poco hablador”, que en una sola página resumen el torbellino mental que sufre un misántropo. Es cierto que en algunas ocasiones los diálogos parecen algo forzados, poco naturales, pero la impresión es muy positiva en cualquier caso.

La deuda

Igual que lo es la de La deuda, de Martín Romero, que si no fuera por el nombre podría haber nacido en Canadá y hacer migas con Seth o Rabagliati. Eso en cuanto al estilo de dibujo, porque lo que nos cuenta en esta obra, editada por la incansable La Cúpula, es mucho menos amable de lo que esperamos de los mencionados autores canadienses. Una historia triste, desesperada, con momentos de ensoñación, y con una gran representación del FRACASO con mayúsculas. Un placer dejarse llevar por sus páginas, por su excelente narrativa que, con muy pocas palabras, conmueve y atrapa. Así da gusto.

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Otoño en la Valcueva

OTOÑO frontal

Debo de ser un blandengue, lo sé, pero reconozco que la línea que más disfruto de ese sello videográfico que tantas alegrías nos da, Vial of Delicatessens, es, junto a su vertiente más humorística, la marcada por los “Docu-cortos” de Naxo Fiol o el ejemplo del que quiero hablar hoy, “Otoño en la Valcueva”, de Víctor Olid.

Ya desde el primer momento, el fuego de una hogareña chimenea nos adelanta que lo que vamos a ver es algo familiar, incluso íntimo, me atrevería a decir, pero tratado con elegancia y un cariño, con honradez autoral, sin artificios. Tan solo la música (excelente) acompaña a unas escenas llenas de naturalidad, que se suceden con toda la calma que otorga el paisaje en el que se desarrollan. El amor por el detalle que muestra Olid, fijando su mirada en viejas telarañas, flores (y capullos incipientes a punto de florecer), o toscos pestillos de puertas, es parte de esa armonía que nos mece y que resulta absolutamente hipnótica.

Tampoco faltan las conversaciones en familia, las de verdad, las que surgen cuando uno se encuentra en su entorno sin más preocupación que escuchar a los que aprecia y pasar tiempo con ellos. Un privilegio poder asistir a esos trayectos en coche en los que, mientras los árboles y los peñascos pasan raudos por las ventanillas, escuchamos esos diálogos que a todos nos resultan familiares.

Y no resultan menos protagonistas dos de los más adorables personajes de esta historia, Maca y Palito, dos intrépidos perros cuyas grandes aventuras se turnan entre sus exploraciones del terreno rural y la interacción con sus dueños (la larga escena de Aída jugando con ellos sentada en un escalón de piedra es algo increíble, por la valentía de no cortar y por lo bonito del momento). La admiración por el mundo animal se ve reforzada por las gallinas, las ocas y demás fauna que campa a sus anchas por muchas de las escenas.

Puede que el haber pasado gran parte de mis vacaciones de infancia en un pueblo cántabro no tan diferente de Palazuelo de la Valcueva haya influido en lo mucho que he disfrutado este video-diario, pero fuera de apreciaciones personales, supone un género poco explorado en nuestro país, más aún de la forma, honesta y sin pedanterías, en que Víctor Olid lo hace. Solo por eso, resulta imprescindible.

Disponible en Vial of Delicatessens

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