Estamos a falta de pocas semanas para que se acabe el año y es ahora cuando muchas publicaciones o páginas web, de cualquier temática y condición, empiezan a preparar las típicas listas con lo mejor del año. Y a mí me encantan las listas. Será porque nunca estoy de acuerdo, por el cabreo que te pillas por una ausencia incomprensible o por lo “listo” que te sientes cuando ves que coincides con los críticos en tu selección… En fin, por una u otra cosa, me divierten esas listas, así que aquí está la mía con los diez mejores tebeos del año. Por cierto, he incluido junto a cada seleccionado un fragmento del comentario que hice en su día de cada obra (en caso de que lo hiciese).
10 – Los Muertos Vivientes, de Robert Kirkman y Charlie Adlard (Planeta). Continuan las andanzas de los pocos supervivientes a la plaga que ha llenado todo el planeta de zombis hambrientos y, además de ofrecernos buenos sustos, se ahonda aún más en las relaciones entre los personajes. Los diferentes puntos de vista de los protagonistas, sus secretos, sus mentiras y miserias, provocan abundantes roces y, como bien se comenta en un artículo al final del tomo, nos muestra que las ilusiones y penas humanas son siempre las mismas, aunque se esté en pleno apocalipsis.
9 – El Derrotista, de Harvey Pekar y Dean Haspiel (Planeta). La vida de Pekar es fascinante, y no digo esto porque haya sido una vida especialmente extraña o insólita, sino porque consigue que tanto los momentos más cotidianos (trabajos mecánicos y aburridos, peleas en el colegio…) como los menos habituales (no todo el mundo escribe para las mejores revistas de jazz o hacen una película basada en su vida) resulten fascinantes. Además, al tiempo que disfrutamos de sus vicisitudes diarias y reflexiones, nos ofrece una panorámica de la historia reciente de los Estados Unidos de América y de sus conflictos raciales, movimientos culturales o cambios en los modos de vida.
8 – Strangehaven, de Gary Spencer Millidge (Planeta). Strangehaven es un pequeño pueblo al que accidentalmente llega nuestro protagonista (o uno de ellos, ya que se trata de una obra coral), un maestro en plena crisis sentimental. Lo extraño viene cuando se da cuenta de que le es imposible salir de allí (todas las carreteras le devuelven siempre al punto de partida) y decide resignarse ante la nueva vida que parece que alguien le esté diseñando a medida (conoce una nueva chica, consigue un nuevo trabajo, traba nuevas amistades… Todo demasiado bonito).
7 – Es un pájaro, de Steven T. Seagle y Teddy Kristiansen (Planeta). Usando a Superman (o más bien al icono de Superman, a lo que representa) como hilo argumental, Steven T. Seagle nos ofrece una historia que no sé hasta que punto será autobiográfica, pero que, en cualquier caso, funciona y emociona sobremanera. Seagle no sólo reflexiona sobre la enfermedad, la relación de pareja o la familia, sino que, en un juego casi metaliterario (pero sin la pretenciosidad que pueda desprender este término), nos expone cómo se enfrenta a la responsabilidad de escribir los guiones del héroe más grande de la Tierra y los problemas que ello le causa. Por supuesto, el dibujo de Teddy Kristiansen no se queda atrás y nos muestra una gran variedad de recursos gráficos que hacen aún más grande esta obra.
6 – Fresa y chocolate, de Aurelia Aurita (Ponent Mon). ¿Cómo podría describir en pocas palabras Fresa y chocolate? ¿Una celebración sensible y transparente del amor y el sexo? ¿Un emocionante slice of life a la franco-japonesa? ¿Un acto de espontaneidad de una mujer enamorada? Da igual, lo realmente importante es lo que he disfrutado leyendo esta obra de Aurelia Aurita. Hay todo un crisol de emociones dentro de sus viñetas, desde los excelentes toques humorísticos hasta el profundo homenaje al amor que sazona cada página, sin olvidar, claro, las abundantes escenas de sexo que, al fin y al cabo, son el motor de la historia.
5 – Hellblazer, de Jamie Delano (Planeta). Aunque sea una reedición (¿lo es? ¿Publicó Zinco estos primeros números?), no puedo dejar de destacar una de las series mensuales con las que más he disfrutado este año.
4 – Inverosímil, de Jeffrey Brown (La Cúpula).
Cuando alguien se decide a contar una relación sentimental en una obra artística autobiográfica, caben diferentes opciones: esconder los detalles más íntimos, representar a la pareja de forma idealizada (si la relación sigue en pie) o negativa (si la relación se rompió), mostrar sólo un punto de vista o, por el contrario, intentar reflejar también la visión del otro… En fin, multitud de variantes. No sé si Jeffrey Brown, manipula o no sus recuerdos (o si lo hace conscientemente) o cuánto hay de verdad y de licencia artística en su obra, pero me da igual. Lo que sí sé es que Inverosímil me ha emocionado mucho, que Brown se fija en esos pequeños detalles (buenos y malos) que determinan el desarrollo de una relación y que, en definitiva, ahora entiendo por qué es uno de los autores del cómic independiente americano más importantes de su generación.
3 – Lapinot, de Lewis Trondheim (Planeta). Cada vez que termino de leer un álbum de Lapinot, paso todo ese día con una sonrisa y hasta me parece que la humanidad tiene esperanza. Vamos, que me anima un montón su perfecta mezcla de cotidianeidad, humor y fantasía.
2 – Animal Man de Jamie Delano (Planeta). Delano, tras un comienzo arrollador matando al protagonista de la serie, nos ha llevado a lo largo de estos dos tomos a través de un viaje a la esencia de la vida, de la naturaleza y, en definitiva, del ser humano y sus congéneres animales. De una forma poética, al tiempo que terrorífica en ciertos momentos, y para nada pretenciosa, hemos asistido a lo peor y lo mejor de lo que es capaz el ser humano, a una historia de amor más allá de la muerte y a una crueldad más allá de lo comprensible. Y todo ello acompañado del meritorio dibujo de Steve Pugh (unos guiones como estos no tuvieron que ser fáciles de plantear en viñetas) y de las impresionantes portadas de Brian Bolland.
1 – Paul va a trabajar este verano, de Michel Rabagliati (Fulgencio Pimentel). Rabagliati consigue que, desde el principio, nos metamos en la piel de Paul y vivamos sus experiencias como si fueran nuestras. Y sus experiencias no son poca cosa, todo lo contrario, estamos hablando del primer amor verdadero, del primer trabajo, de los primeros reveses emocionales, de las buenas personas, de enfrentarse a las desgracias de los demás sin hundirse, de los primeros pasos hacia eso que llaman madurez y que ni el protagonista ni nadie tiene muy claro lo que es… Hubo un debate en los comentarios de La Cárcel en el que algunos tachaban esta obra de sensiblera, y no puedo estar más en desacuerdo. Si es sensible es porque el protagonista lo es, y sus reacciones no podrían ser de otra forma, son las propias de alguien que ha tenido una vida afortunada y se enfrenta de golpe a unos niños que lo han pasado muy mal y que esperan de él unos días de felicidad. Y bueno, la conclusión no es desde luego el final feliz que podríamos esperar, es un duro final en el que Paul se da cuenta de que, vale, su vida no está tan mal ahora, pero los mejores momentos, los momentos de verdadera felicidad, son absolutamente irrecuperables, y recordarlos conlleva tanto buenas sensaciones como la triste certeza de que no se volverán a repetir jamás. Una obra maestra.